La demanda de la línea férrea entre Vigo y Oporto ya era un clamor en la ciudad a mediados del siglo XIX

El tren entre Vigo y Oporto sigue siendo lento e incómodo. Todavía tarda dos horas y veinte minutos en recorrer apenas 150 kilómetros. Y esto después de los cambios introducidos en 2013 eliminando las paradas intermedias. Para colmo, se utilizan los vetustos automotores que tienen más de treinta años de historia. Y el panorama se completa con graves problemas de seguridad, que han quedado patentes en el trágico accidente del pasado de septiembre.

Así de malo es el tren entre Vigo y Oporto. Europa ha pagado con fondos Feder e Interreg las más absurdas inversiones. Pero jamás los gobiernos de España y Portugal han manifestado un verdadero interés por una conexión ferroviaria con garantías entre Galicia y el Norte de Portugal. Por lo visto, no da votos.

Lo curioso es que viene de antiguo el clamor por un tren digno entre las dos ciudades. Tanto como que hace más de un siglo y medio ya lo reclamaban los vigueses y los tripeiros, obteniendo aproximadamente el mismo resultado que ahora: ninguno.

En 1857, la Asociación Comercial de Oporto publicaba un manifiesto exigiendo el tren con Vigo. El Barón de Mascarellos fue el encargado de elevar la propuesta al Gobierno de Lisboa, que le dio el habitual trámite para estas cuestiones archivando el documento.

«La primacía comercial de la plaza de Oporto, como centro general y natural del comercio de las provincias del norte, le está garantizada por el valioso producto de los ricos viñedos del alto-Douro, mientras el vino de Oporto se sigue apreciando en los mercados de todo el mundo», comenzaba la declaración. Seguidamente calmaba los temores a una fuerte competencia comercial: «En esta plaza y ciudad se encuentran sólidamente establecidos y firmemente arraigados establecimientos fabriles y comerciales de suma importancia, que son otras garantías para que no se tenga que temer la concurrencia del puerto de Vigo cuando llegue a ser ligado a esta ciudad [Oporto] por una línea férrea».

El manifiesto ponía de relieve que «la mayor facilidad de comunicaciones y transacción de los pueblos entre ellos» tiene por «consecuencias infalibles» el evitar «tanto dispendio de dinero como de tiempo, el desarrollo de la civilización y de las fuerzas productivas y la consiguiente prosperidad de las villas antes estacionarias».

Los comerciantes de Oporto reconocen que el puerto de Vigo es mucho mejor que el que pueden ofrecer a orillas del Duero. «No obstante la reconocida superioridad del puerto de Vigo con relación al de esta ciudad, no puede razonablemente suponer en vista de las anteriores consideraciones que la plaza de Oporto pierda cosa ninguna de su importancia comercial, siendo por el contrario presumible que aumentará cuando viniese a ser casi el centro de la gran arteria de Portugal».

Ya sueñan los comerciantes portuenses con el poderío de la Región Norte. Y consideran que el ferrocarril traerá «el incremento de riqueza de las villas próximas a esta plaza comercial y altamente industrial», de forma que se produzca «un proporcional aumento de la actividad comercial y fabril».

Por todo ello, nuestros hermanos del Duero piden que España y Portugal se pongan de acuerdo. «Una línea férrea, partiendo de Oporto hasta la margen izquierda del Miño, a fin de continuar después hasta el puerto de Vigo» permitirá comunicar el norte portugués «por el centro de España para unirnos con Europa». Y concluyen que este proyecto ferroviario «es de una conveniencia incontestable para el país en general y para esta ciudad en especial».

Por fortuna, los entusiastas comerciantes portugueses de 1857 no vivieron otro siglo y medio para ver qué se hacía con el tren a Vigo. Que tardó en entrar en servicio hasta 1913. Y que, un siglo más tarde, sigue más o menos igual que aquella letra de Amália Rodrigues: «Todo esto existe; todo esto es triste; todo esto es fado».